Diciembre 21, 2014
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Nuestra Señora de Guadalupe

PATRONA DE NUESTRA MISION Y LA LUZ DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

La historia de la milagrosa aparición de la imagen de la Virgen de Guadalupe tiene su comienzo una fría madrugada del 9 de Diciembre de 1531. Era un sábado y Juan Diego, un nativo recién convertido a la Fe, hacía su larga caminata para asistir a la doctrina cristiana. Cuando llegó al pie del cerro llamado Tepeyac, en el Valle de la Ciudad de México, escuchó el bello canto de muchos pájaros, ¿Dónde estoy? ¿Acaso en la tierra celestial?, se preguntó. De pronto, oyó una dulcísima voz que lo llamaba. Volteó y vio a la Señora más bella que jamás hubiera imaginado. Su vestido relucía como el sol; el risco donde estaba de pie lanzaba rayos de luz, la tierra relumbraba los colores del arco iris, los mezquites y nopales parecían de esmeraldas y turquesas; las espinas, de oro.
Asombrado se postró ante Ella. “Hijito mío”, le dijo “quiero que vayas donde el Obispo y le dirás que mucho deseo que aquí me provea de una casa sagrada para que a los que allí me busquen, les daré mi consuelo, mi ayuda y todo mi amor. Anda, haz lo que esté de tu parte”.
Enseguida se dirigió a ver al Obispo. Cuando le contó lo ocurrido, el Obispo, con menosprecio, le dijo, “Juan Diego, son cosas de tu imaginación”, y lo despachó.
Muy triste, Juan Diego regresó a decirle a la Señora del Cielo que el Obispo no hacía caso de un pobre indio como él, Juan Diego, que mejor debía mandar a un noble para que se creyeran Sus palabras. “Te he escogido a ti, Juan Diego, para que seas mi mensajero. Haz lo que te pido”. Al día siguiente, antes de amanecer, salió Juan Diego a oír misa y luego para ver al Obispo. Esta vez, el Obispo le dijo que le trajera alguna de la señal de la Señora el Cielo, o que ya no volviera.
Juan Diego no regresó a ver la Señora al día siguiente porque su tío, con quien vivía, estaba gravemente enfermo. Esa noche, el tío, sabiendo que ya se moría, pidió que le trajera un sacerdote.
Muy temprano el martes, 12 de diciembre, Juan Diego salió a buscar al sacerdote. Tomó otra ruta para no encontrarse con la Señora por temor a que lo detuviera. pero llegando al pie del Tepeyac, Ella lo paró. “¿A dónde vas hijo mío?”, le preguntó al apenado Juan Diego. Él le contó lo que pasaba con su tío. “No te aflijas, que tu tío ya está bien”. Este fue el primero de Sus muchos milagros.
“Sube ahora a la cumbre del cerro y corta flores”. Allí jamás hay flores, nada más piedras, pensó él. Pero para su asombro, el cerro estaba alfombrado de flores. Las recogió en su tilma y se las llevó a la Señora. “Esta es la señal que llevarás al Obispo”, le dijo Ella.
Después de una larga espera, el Obispo lo recibió. Y cuando Juan Diego le abrió su tilma, cayó una cascada de fragantes flores a los pies del asombrado Obispo, y en la tilma apareció grabada la imagen de la Señora del Cielo, tal como Juan Diego la había visto en el cerro.
Esta sagrada imagen es la única representación de Su físico, que la Santísima Virgen ha dado al mundo. Hasta el día de hoy, la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe sigue estando en Su casa sagrada al pie del Tepeyac, donde todos los días miles y fieles de fieles la visitan y veneran.
Juan Diego fue encargado de la Casa Sagrada hasta su muerte. Fue beatificado por Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990, y lo canonizó el 31 de julio de 2002. Su santo se celebra el 9 de diciembre.
A través de los siglos, pintores, doctores y científicos han estudiado la Sagrada Imagen, y todos han concluido: “Que fue pintado por pinceles, no de este mundo”. Con la canonización de Juan Diego, la Iglesia confirma este milagro.
Su Santidad Juan Pablo II ha profetizado que “la Basilica de Guadalupe será el centro de donde la luz del Evangelio de Cristo iluminará al mundo entero por medio de la Imagen Milagrosa de Su Madre”. Y declaró “que el día 12 de diciembre se celebre en todo el Continente la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América”.

ORACIÓN DE CONSAGRACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia! Tú, que desde esta advocación, manifiestas Tu clemencia y Tu compasión a todos los que solicitan Tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos y preséntala ante Tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.

Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso, a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor. Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.

Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos; ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo Tu cuidado, Señora y Madre nuestra. Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena felicidad a Jesucristo en Su Iglesia: no nos sueltes de Tu mano amorosa.

Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas, te pedimos por todos los Obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas. Contempla esta inmensa mies, e intercede para que el Señor infunda hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe, y celosos dispensadores de los misterios de Dios.

Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en Tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos. Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el Sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma. Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos Sacramentos, que son como las huellas que Tu Hijo nos dejó en la tierra.

Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres de mal y de odios podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que vienen de Tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Su Santidad Juan Pablo II, México, Enero de 1979. Visitando la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en su primer viaje al extranjero como Papa.